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Reporte Mxico - La Coyuntura en el Contexto Global

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Entrevista Reporte México

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Tipificando el bullying
Por Salvador González Briceño*   El acoso escolar, mejor conocido por la sociedad por el anglicismo bullying, ha sorprendido a chico
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Colaboradores


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Bull-LOGOPor Salvador González Briceño*

 

El acoso escolar, mejor conocido por la sociedad por el anglicismo bullying, ha sorprendido a chicos y a grandes. Bueno, hasta que se mostró como un verdadero problema que está generando decesos, o fallecimientos entre las víctimas.

Los casos han saltado a la prensa escrita y a la televisión, pero sobre todo a las redes sociales porque los propios niños, jóvenes y adolescentes se encargan de subirlos luego de los actos violentos que se convierten en escenario propicio para la cámara de video del celular, y también para publicitarlo entre ellos.

Es decir, que el bullying ha salido de las escuelas, el terreno en donde se presenta. Ahí sale, en los espacios de convivencia y aprendizaje entre los educandos. Dónde se gesta es una precisión que se tiene que hacer, pero luego de definir cuándo sí y cuando no es bullying.

Es bullying cuando las ofensas se convierten en agresión y presenta dos características: a) tiene la intencionalidad de daño, b) se presenta en más de una ocasión, es reiterativo. Antes de eso no es acoso, es “juego” propio de la edad.

Ampliando el punto. No pocas veces se dice que siempre ha existido el bullying, pero porque no se tiene la precisión de su definición y acotamiento como problema. No pocos de los padres, y abuelos de los hoy niños, recordando sus tiempos de estudiantes, dicen que antes también había bullying porque se liaban a golpes con sus compañeros.

El “nos vemos a la salida”, luego de un intento de agresión física u otro tipo de ofensa como la relativa a los apodos —ahora: “gordo”, “pelón”, “flaco” “negro”, “cuatro ojos”, “narizón”, “chaparro”, “greñas”, “orejón”, “burro”, “menso”, “nerd”, etcétera—, es clásico. Por eso los referidos padres o abuelos suponen que el problema del acoso no es novedad. Pero no es así.

Aparte que es “nuevo” porque ahora se presenta con una buena dosis de “saña” o de daño al “otro”, el intento de afectación es un hecho, y luego se difunde por todas las vías posibles, como las puestas al alcance de la mano de los actores y promotores porque la tecnología de los medios de comunicación y el internet así lo permiten.

Otro punto es que aparte de los golpes o agresión física, existe el daño emocional —el psicológico es de lo más gravoso—, el maltrato sexual y el cibernético o ciberbullying. Las causas son diversas: por gusto, porque uno le cae mal a otro u otros, porque alguno es introvertido, por discriminación, por alguna preferencia sexual ideas diferentes, religión distinta, discapacidad, etcétera.

Todas estas circunstancias se presentan en las escuelas entre los niños, pero cualquiera tiene una dosis de violencia. Es violencia. Otra característica del bullying. De la mano de esto viene otra tipificación: es violencia social. Sí. Esa es la realidad.

Dicho en otras palabras, se trata del impacto entre los niños y jóvenes de edad escolar, de por lo menos dos tipos de vertientes: la del círculo familiar, y la que les viene de afuera a las víctimas (agresores y agredidos resultan víctimas, a los ojos de cualquier análisis no superficial). La que se genera en casa y la que deriva de todos los factores que condicionan al núcleo familiar.

Por cierto hay que decir que la familia sigue siendo el pilar fundamental de la sociedad; y lo que le afecte a esta impacta en general. Y la violencia es un reflejo que golpea y está presente en ambas esferas, la familiar y la social.

El bullying se gesta en casa. Es la primera gran característica del problema. La segunda es que se manifiesta en las escuelas, esos espacios en donde se va a aprender, a socializar y a convivir.

En cambio, los propios niños y jóvenes saben que el problema viene de casa. Saben que la agresión es la fuente. Y muchos viven: nacen, crecen y se desarrollan en ese ámbito de violencia. No por culpar a los padres (de hecho en este proyecto “Conviviendo en armonía” no hay “culpables” sino “responsables” y en su caso “corresponsables”, porque culpar a alguno de los actores involucrados es no resolver el problema), porque en gran medida ellos también resultan víctimas de las circunstancias.

Pero cuando la situación en una familia es complicada —por no decir problemática—, y los padres tienen problemas con los ingresos para el sostén familiar, viene el abandono —en gran parte involuntario también— de las cabezas porque salen a conseguir un empleo o el salario complementario.

Eso deja a los hijos un tanto a la deriva. Aparte que si la misma situación crea problemas entre los padres —discusiones, pleitos, golpes, divorcios—, eso se filtra al cuerpo familiar. Los hijos reciben eso. Cuando no resultan también, que de hecho así es, agredidos por uno de los dos padres, particularmente el hombre.

Ni se diga cuando los padres resultan en el alejamiento o divorcio y uno de los dos —también generalmente la madre—, se queda como responsable de los hijos, uno o los que sean.

En fin, que esas circunstancias, de la mano de otras propias del ámbito familiar, como que no haya convivencia, atención, diálogo, interés, juegos, caricias y amor (lo más importante) para con los hijos eso degenera en actitudes de agresión en los mismos niños.

Pero además, el problema de la violencia que se gesta en la familia se fortalece por los impactos externos, como el que les ofrece como alternativa la televisión, los videojuegos, el cine, las páginas del propio Internet, cierta clase de música como el rap con letras e invocaciones nada halagüeñas, los noticieros, etcétera.

Por si fuera poco, el caso de México que está en primer lugar a escala mundial en bullying a nivel secundaria según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), son reflejo —si no se dice no se completa el cuadro—, de la violencia desatada en los últimos años a raíz del ambiente trastocado y acelerado por la “guerra contra el narcotráfico” que degeneró descomponiendo todo el ámbito social, en varios de los estados del país —pero de impacto generalizado.

Estos escenarios se filtran todos a nivel de las familias. O mejor dicho ahora los “hogares” porque la familia tradicional casi está al punto de la extinción. O sea que el problema se complica cada vez más. Pero ese es tema para otra colaboración.

El caso es que el ambiente de violencia sale desde las casas hacia las escuelas. En la mentalidad de los niños y los jóvenes está que a ellos les parece “normal” ser agresivos. Porque eso viven y padecen, sufren. Eso se recibe de los padres, se “juega” en lo que tienen al alcance y se percibe de los medios todos, unos más otros menos.

Luego en las escuelas sucede esa suerte de “política del avestruz”. Se intenta “tapar” el problema, hasta que el mismo es inocultable. El “prestigio” está primero. Esa es una responsabilidad de las autoridades, ciertamente, pero igual resultan víctimas o se ven sorprendidos. El dilema es que ni ellos saben qué hacer. Como tampoco lo sabe la sociedad misma; un dilema para las familias.

¿Y las autoridades? No sólo las escolares, sino sobre todo las federales, ¿saben qué hacer? ¿Por qué responsabilizar a unos o a otros? ¿Por qué se buscan culpables? ¿Por qué se pretende actuar a posteriori (sin embargo nunca es tarde, sobre todo cuando de salvar vidas se trata)? ¿Y las propuestas?

Esto último es harina de otro costal. Nos leemos la próxima.

 

 [23 de julio de 2014]

*Director General del Proyecto antibullying, “conviviendo en armonía”.

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